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LA CULPA JUDEO CRISTIANA

Jean Bottero fue un dominico e historiador francés de los más renombrados asiriologos (estudio de Asia y Babilonia) experto en la biblia y oriente próximo. Es famoso por haber sido uno de los primeros traductores del Código de Hammurabi, la piedra tallada por el rey de babilonia del mismo nombre que contiene 282 leyes de la época, y por haber sido expulsado de la iglesia católica por negar la historicidad del génesis. Nuestro amigo Bottero cuenta que un amigo suyo experto helenista culpaba a los pueblos semitas por la idea de pecado/culpa que aquejaba a la sociedad hasta el día de hoy. A diferencia de los griegos que solo conocían infracciones del orden social, los ritos y la falta de respeto a las convenciones sociales, los semitas cargaban a las infracciones morales una carga negativa de pecado, una infracción contra el dios. Debido a esto teoriza sobre el origen de la culpa judeocristiana en nuestras civilizaciones. 

 Los semitas, el conjunto de civilizaciones que vivieron cinco mil años antes de Cristo, son pueblos emparentados por la lengua que vivieron en la mesopotamia. Gracias a compartir una lengua madre pudieron transmitir su cultura por generaciones. Las constantes culturales de estos pueblos era la profunda religiosidad, a tal punto que las tres religiones universales (judaísmo, cristianismo e islamismo) son de origen semitas. Estos pueblos atribuían la responsabilidad de todos los fenómenos que afectan la vida cotidiana a la voluntad de los dioses. Además de crear al hombre y el universo, eran sus amos supremos y regían su existencia día a día. Eran promulgadores y garantes de las infinitas obligaciones, positivas o negativas, que rigen la vida humana. Todas ellas eran decisiones explícitas de los dioses y si alguien vulneraba alguna y por consiguiente se resistía a la voluntad divina, despreciaba sus órdenes o las descuidaban o se revelaba contra ellos. Es decir cometía un pecado. 

Esta concepción de mundo multiplicaba la posibilidad de pecado tanto así que había un catálogo de pecados (ver en otra entrada). Todos estos tenían el mismo alcance y gravedad sobrenatural y proporcionan una justificación de la enfermedad y las desgracias acontecidas. Quienes las sufren se someten al exorcismo para librarse de ellas. Se consideraba que si se rogaba el perdón, los dioses podrían perdonar la ofensa y suprimir el daño/castigo. La condición era el reconocimiento de la culpa mediante la confesión del pecado. Pero si todo era pecado ¿como saber que falta se había cometido?

Para esto se recitaba la lista de pecados así se tenía más posibilidades de reconocer la ofensa. Y para no omitir alguno se agregaba la fórmula “o cualquier otro pecado cometido”. De modo que el pecador no tenía que ser consciente de la falta para su desgracia ni por su redención. La suposición y la deducción desempeñan un papel fundamental en este razonamiento. No se parte de la falta que luego derivaba en un castigo sino que cuando se produce una desgracia/enfermedad se interpreta como un castigo divino merecido. Solo entonces se tomaba conciencia del pecado y se encargaban de exonerarlo. No lo hacían motivados por la pena o la angustia sino con el fin práctico de retirar los infortunios empleando los ritos pertinentes y clamando la benevolencia divina. 

En Israel, a diferencia de la religión mesopotámica, la suya es de tipo histórica y no una expresión arraigada en la cultura. En la historia, en el siglo XIII antes de Cristo, Moisés ideó, elaboró y propagó un sistema religioso, que además de recordar a su fundador, se ponen por escrito las leyes divinas a cumplir en un libro sagrado. Con esto se aseguraban la rectitud, limpieza y unidad de la doctrina y su adhesión y compromiso profundo en cuerpo y alma a ella. A cambio de la liberación y la alianza con el pueblo de Israel, YAHVE, el único dios, exigía servicio y culto particular solo a él a través de la estricta observación de un código fundamental religioso y ético: los diez mandamientos. Oponerse a esto constituye una resistencia, rebelión y desprecio. Es decir un pecado. A este dios único y universal es imposible no atribuirle una justicia absoluta. Ya no se trataba de esperar la desgracia para después verla como castigo a una falta y pedir la absolución. Se conocía con detalle las reglas a seguir y nada más cometer la falta había que esperar el castigo inevitable, por que el es absolutamente justo e ineludible. 

Así a través de los años se desarrollaron más y más reglas que se desprendían de los diez mandamientos y de la tradición que conformaron la Torá. Todo lo que esté acorde a esta ley es bueno y virtuoso y todo lo que se aparte de ella es malo y pecaminoso. La obediencia a la voluntad divina y por consiguiente lo contrario ocupa un lugar mucho más central en la vida de los israelitas que en la Mesopotamia. A tal punto que el pecado se convirtió en una obsesión diaria. La obsesión del pecado abarcaba todo el campo de la vida y conciencia religiosa que derivó en el juridicismo y en el cumplimiento literal de los mandamientos. Podía ser algo tan obsesivo que toda la existencia del creyente no fue más que la observancia escrupulosa y minuciosa de un número de directrices. A cambio de la cual esperaban recibir, en la tierra o en el cielo, una recompensa de dios. 

Es un hecho que el pecado y todo lo que hay a su alrededor ha influido y mucho en la herencia recibida de Israel por el cristianismo. Y el cristianismo ha configurado los últimos 1700 años de occidente y nos ha transmitido esta concepción de falta/pecado/culpa de manera íntegra. Desde luego, el pecado no necesariamente amarga la vida a todo el mundo y cada vez pensamos menos en él. Pero ha desempeñado un papel fundamental en la formación de nuestra conciencia. En especial nos ha acostumbrado a sentirnos siempre responsables ante otro de nuestra conducta, dependientes de sopesar cada una de nuestras acciones ante un juicio externo e interno (si es que existe tal cosa y no es la internalización de las reglas de otro), Y en caso de cometer una falta, nos sentimos culpables ante otro por sobre sentirnos deshonrados ante nosotros mismos.

 Quizás lleguemos a plantearnos, después de todo, que podríamos haber prescindido de la idea de pecado y culpa, conformándonos con la reprobación de nuestro amor propio o de las personas que nos rodean si quebrantamos ciertas leyes o convenios. Pero no seremos juzgados por dios, o por la bondad representada o por la máxima ley universal que todo lo rige. Para que nuestro corazón y nuestro fuero interno no se sienta perturbado ni amenazado con un sufrimiento infinito en oscuras tinieblas. Para que la culpa no sea un castigo divino sino terrenal, algo propio que podamos resarcir sin consecuencias eternas. Para que la culpa sea de Ott(r)o.

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